No toda película que se proyecta… ni toda proyección se justifica
No toda película que se proyecta… ni toda proyección se justifica
Ayer por la noche en Sidón no nos reunimos solo para ver una película. Nos reunimos para poner a prueba nuestro gusto, nuestra paciencia y quizá también nuestras convicciones sobre lo que significa que exista un club de cine en una ciudad como esta.
Alrededor de treinta y cinco personas se sentaron en la sala. Algunos llegaron por curiosidad, otros por pasión, y algunos todavía bajo el efecto de la proyección anterior de Cinema Paradiso, esa película que nos recuerda por qué amamos el cine en primer lugar.
Pero lo que ocurrió después de terminar My Last Valentine in Beirut fue más pesado que la propia película.
La obra, dirigida por Salim Al-Turk (2012), no es fácil ni amable, y tampoco parece interesada en ganarse tu simpatía. Cuenta la historia de Juliet, una mujer que trabaja en la prostitución en Beirut, cuya vida se entrelaza con el proyecto de filmar una película sobre ella. Todo se presenta a través de una narración fragmentada y no lineal, llena de saltos y experimentación.
Es una obra más cercana a una confesión visual o a un diario íntimo que a una historia tradicional. No te toma de la mano ni se preocupa demasiado si te pierdes por el camino.
Y ahí comenzó la división.
Pero la diferencia de opiniones no surgió solo por entender o no la película, sino también por lo que vino después. Tras la proyección, se ofreció una larga explicación técnica sobre los métodos de filmación, dirección y montaje: los ángulos de cámara, los cortes visuales y las decisiones estéticas del director.
Sin duda, la presentación fue rica en conocimiento. Muchos descubrieron aspectos del proceso cinematográfico que desconocían. Hubo un valor educativo real.
Sin embargo, la pregunta que quedó suspendida en el aire era más delicada:
¿Aquella explicación fue una iluminación… o una justificación?
¿Realmente necesitamos una película confusa para aprender sobre montaje?
¿No habría sido posible abrir ese mismo debate técnico a través de una película que, además de profundidad, ofreciera también una experiencia clara de disfrute?
Muchos no ocultaron su sensación de aburrimiento. Algunos lo dijeron abiertamente: la narración era fragmentada, el ritmo agotador, y apoyarse en la llamada “cine de autor” no basta para convertir la confusión en una virtud.
En cambio, otros vieron en la experimentación misma una forma de valentía digna de respeto.
Pero la cuestión es más profunda que una simple diferencia de gustos.
En una ciudad como Sidón, donde la cultura no es un lujo sino una responsabilidad, elegir una película no comercial tiene un significado particular. El Foro Sabeen ha declarado desde su fundación que busca crear un entorno cultural diferente.
La pregunta entonces no es si la película fue buena o mala.
La verdadera pregunta es:
¿Qué queremos de un club de cine?
¿Basta con que una obra genere debate para considerarla exitosa?
¿Es aceptable el principio de “arte por el arte” como opción cultural en una ciudad que anhela espacios de encuentro?
¿O debería el club equilibrar el desafío con el disfrute, la experimentación con la capacidad de conectar con el público?
Abrir un debate no es algo simple. Que hablen personas que normalmente no hablan, que surjan objeciones aquí y defensas allá, es en sí mismo una señal de vida cultural.
Pero también debemos ser honestos: la provocación por sí sola no es suficiente. El debate no siempre es una prueba de valor artístico. A veces es simplemente el resultado de una obra que no logra sostener a su público.
Quizá la película no fue mala.
Y quizá tampoco fue extraordinaria.
Pero nos colocó frente a un espejo incómodo:
¿Queremos un club de cine que nos complazca?
¿O uno que nos ponga a prueba?
¿Y es posible que haga ambas cosas a la vez?
La noche de ayer no ofreció respuestas. Pero reveló algo más importante: que la función de la cultura no es tranquilizarnos siempre ni provocarnos sin sentido, sino hacernos replantear nuestras elecciones —como público, como foro y como ciudad.
Cuando se encendieron las luces, la pregunta ya no era sobre Juliet.
La pregunta era sobre nosotros.





