La ambigüedad de la visión en la exploración de lo prohibido
La ambigüedad de la visión en la exploración de lo prohibido
La película My Last Valentine in Beirut —o El último San Valentín en Beirut—, del guionista y director libanés Salim Al-Turk y protagonizada por la actriz libanesa Lorine Qaddih, pertenece más al cine de la idea que al de la estructura narrativa tradicional a la que el público suele estar acostumbrado. En este contexto, el Club de Cine del Foro Sabeen en Sidón busca crear un ambiente nuevo y distintivo en sus proyecciones y debates.
La actuación de Lorine Qaddih destaca por su alto nivel profesional y su atención a numerosos detalles, especialmente al abordar temas incómodos y silenciados. A lo largo de aproximadamente una hora y media, la película mantiene coherencia con su ambientación temporal, reflejada en el mobiliario y la escenografía, lo que le otorga una sólida base técnica y visual. Sin embargo, cuando el análisis se desplaza hacia la visión y el tratamiento del tema, surgen múltiples zonas de ambigüedad que requieren una mayor claridad en el mensaje. La obra se presenta como una interpretación de lo no dicho y como un intento de desmontar tabúes sociales.
Desde el punto de vista técnico, las secuencias aparecen fragmentadas y poco conectadas entre sí, a pesar de la relevancia simbólica de lo que intentan representar, particularmente en relación con las distintas partes que se benefician de la crisis, cada una a su manera. Incluso el carácter experimental de la obra cae en ocasiones en el uso de un discurso demasiado directo, presente en algunas escenas con un tono aparentemente ligero o cómico, que termina resaltando ciertas tendencias del arte comercial superficial. Esto se hace especialmente evidente al tratar temas tan graves como la violación mediante un estilo narrativo directo y casi humorístico, lo que apunta también a la dominación del dinero y la riqueza que aparece en las escenas finales.
En cuanto al contenido y el mensaje
Resulta evidente que el espectador se enfrenta a una visión confusa, a una recepción incierta y a una interpretación difusa.
La película no renuncia a la audacia de su propuesta ni a la ruptura de tabúes en su representación y actuación. Lorine logra encarnar con gran profesionalismo un cuerpo presente y dominante, incluso por encima de la provocación del desnudo o de la carga simbólica del vestuario asociado al papel de trabajadora sexual. Su personaje asume esa condición no desde la derrota ni desde el deseo de venganza, sino como una elección inevitable tras haber sido violada por el marido de su madre, quien la empuja hacia ese camino como parte de un circuito productivo.
La interpretación evita mostrar a una mujer derrotada o explotada, y tampoco introduce el personaje en una lógica de revancha. Por el contrario, su actuación sorprende por la audacia de aceptar y reconciliarse con la explotación del cuerpo. Sin embargo, esta reconciliación es precisamente lo que abre la puerta a la confusión sobre el significado del cuerpo dentro del discurso de la película, dejando al espectador frente a múltiples interpretaciones posibles, a menudo contradictorias.
Por momentos, el cuerpo aparece como una fuente constante de amenaza, un motivo de miedo y de transgresión, lo que justificaría su ocultamiento como forma de protección contra el riesgo de violación en cualquier momento o lugar. En ese sentido, el cuerpo se convierte en una especie de acusación contra quien lo posee, situándolo en la posición permanente de víctima potencial.
En otros momentos, el cuerpo se convierte en un instrumento de condena, cuando se reconcilia con quien lo habita y entra en conflicto con las normas sociales que dictan cómo debería comportarse.
Cuando el cuerpo se transforma en herramienta de producción, respondiendo a las necesidades del mercado de oferta y demanda, el vestuario del personaje cambia hacia formas más ordinarias o “modestas” según la norma social. Así vemos a Lorine con un sencillo vestido doméstico, sin signos provocativos, recibiendo llamadas de clientes mientras cocina en su casa, o vestida como enfermera al llegar a la casa de un cliente en busca de placer.
La ambigüedad alcanza su punto máximo en la escena de la muerte de Lorine. Se encuentra ante dos opciones: morir de una enfermedad grave o suicidarse. Finalmente se suicida mientras explica directamente al espectador el significado de la profesión de trabajadora sexual entre el mundo árabe y el occidental. En ese momento, el mensaje de la película se diluye por completo en torno al significado del cuerpo y los límites de su uso y respeto, tema central que el filme pretendía explorar.
Entonces surge la pregunta:
¿qué cuerpo de Lorine pretende revelar el director al romper los tabúes?
¿Es el cuerpo de la prostituta que merece el castigo de la muerte?
¿El cuerpo de una mujer psicológicamente enferma, sin que la película se detenga en la importancia de su tratamiento?
¿El cuerpo vulnerable de una víctima condenada por la falta de opciones?
¿O el cuerpo que encuentra placer en el acto o en el desafío del tabú?
¿Qué tabú intenta realmente romper el director en este debate?
La pregunta permanece perdida, del mismo modo que el mensaje del filme se pierde en la ambigüedad de su exploración de lo prohibido.
— Khadija Jaafar







